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Enfrentarse a la novedad deseada

Cuando en nuestra vida hay una novedad, esta se relaciona con los cambios. Y, aunque esta no es la entrada que prometí para hablarlo en profundidad, eventos recientes en mi vida me han llevado a necesitar hablar de una parte de ello.

Lo he dicho varias veces en el blog y, en la pestaña «Sobre mí», está reflejado también: a mí me cuestan mucho los cambios. Y estos cambios no necesariamente tienen que ser por algo que no queramos. También sucede con cosas que nos gustan y que esperamos con ansias.

Os lo ilustro con varios ejemplos que recuerdo, aunque, concretamente, de novedades deseadas que me desinflaran al conseguirlas, no tengo constancia memorística en mi infancia. He preguntado a mis padres y a mi hermano y tampoco lo recuerdan. Mi madre me ha comentado que a mí lo que me gustaba, lo machacaba muchísimo. Quizá fue algo que me empezó a pasar más en la tardía adolescencia y en la adultez. A veces sucede eso, que características que tenías latentes, de repente aparecen, así como hay características que se desvanecen o se superan. Pero, sin más, pasemos a esos ejemplos:

Una anécdota que recuerdo claramente fue la compra de mi primer portátil, a mis diecinueve años. El ordenador de sobremesa llevaba mucho tiempo funcionando fatal y yo llevaba meses reclamando la necesidad de un ordenador nuevo. Como no tenía solvencia económica suficiente, fueron mis padres quienes me lo compraron. Por deseo expreso mío, este sería un portátil. Tras meses de mucho desearlo, por fin llegó el día de ir a comprarlo. Cuando llegué a mi casa y lo configuré, me vine abajo. De repente, me entró una angustia muy grande. Las emociones me saturaron y me bloqueé. Pasé toda la tarde y la noche con un nudo en la garganta enorme. En aquella época, me iba a dormir de madrugada, así que, cuando se acostaron mis padres, cerré la puerta y me eché a llorar. En ese entonces, todavía existía el Windows Messenger y hablaba con mucha gente. Aquella noche estaba mi amigo Txema y lo hablé con él. Que me estaba angustiando, que no quería ese portátil y que no sabía cómo decirles a mis padres que lo devolviéramos, porque el sacrificio económico había sido tremendo. Por supuesto, pasó mi reacción más habitual: me eché a llorar. Debo decir que, en aquel momento, no sabíamos nada de mi autismo, así que Txema se lo tomó con algo de sorna. Se rio de que llorara «por una tontería así». Me sentí incomprendida, pero también, víctima de mi desconocimiento, me culpé a mí misma: «Txema tiene razón: en realidad es una tontería. Todavía soy una cría, madre mía… ¿Cuándo maduraré?». No sabía que esto no tiene nada que ver con ser maduro o inmaduro. Cambiar un ordenador de sobremesa por uno portátil, por más que sea un cambio deseado, implica que algo será distinto y esa diferencia la tienes que incorporar en tu estructura mental de manera fortuita, incluso si la estabas esperando. ¿Por qué con los siguientes portátiles no me pasó? Porque fue sustituir un portátil por otro, sin más. En cuanto a este, empecé a disfrutarlo al día siguiente: después de dormir, cuando amanece un nuevo día, todo se suele ver de otra manera.

Con veinte años, una tía mía de elección, me dijo que fuera a visitarla a Sevilla alegando que me iría bien un cambio de aires dada la delicada situación emocional que estaba atravesando. Yo estaba emocionada: iba a subirme a un AVE por primera vez en mi vida. Además, sola. Iba a estar con esa mujer, pasarlo bien, reencontrarme, ver un poquito de Sevilla… todo prometía mucho. El AVE no era más que un tren y yo llevaba viajando en tren sola desde los catorce años; para mayor comodidad, la tendría a ella esperándome en la estación. Todo estaba establecido de una manera muy sencilla para mí. Sin embargo, la noche anterior, me recuerdo en el comedor llorando a oscuras porque no quería ir. Y sí que quería ir, pero en esos momentos de bloqueo y saturación, lo que te sale pensar es que no quieres. Tras dormir hasta la mañana siguiente, se me pasó. Pero acumulé tantas emociones fuertes, que lo primero que hice al llegar a su casa fue correr hacia el baño a vomitar –tampoco ayudó que en el AVE el aire acondicionado estaba alto y el bofetón de calor que te da cuando llegas a Sevilla es monumental–. Me lo pasé muy bien en ese viaje. No hice gran cosa, pero disfruté mucho. Mis primeras vacaciones sin mis padres… ya ves si me hacía ilusión.

Cuando cumplí los treinta y uno, mi hermano y mi cuñada me regalaron una entrada para ir con ellos a Madrid a ver el musical de El Rey León. Tan solo una semana antes, Alba me había diagnosticado el autismo y me había pedido una serie de vídeos explicativos sobre algunos aspectos de mi vida como autista para una formación a docentes que estaba llevando a cabo. Yo me había organizado aquella semana de manera que grabaría los vídeos progresivamente y con calma, pero tras la noticia de mi viaje a Madrid, supe que eso no sería posible. Cuando me dieron el regalo, me eché a llorar. Esta vez fue una mezcla de emociones: era algo que esperaba desde hacía muchísimos años y me hizo una ilusión bárbara… pero, ¿Qué iba a pasar con los vídeos de Alba? El plan cambió de repente y tuve que grabarlos en una tarde en medio de un ataque fuerte de disfunción ejecutiva, que hasta en los vídeos se me nota que me costaba hablar. Entonces, lloraba de emoción, pero también por el cambio repentino de planes. En lugar de disfrutar plenamente del momento imaginando cómo sería viajar a Madrid –ciudad que quería visitar desde que era pequeña– y, para colmo, ver un musical que también deseaba ver desde hacía años, mi mente decidió angustiarse porque tenía que volver a estructurar en mi cabeza cuándo grabaría los vídeos para Alba.

La anécdota más reciente y la que me ha llevado a escribir esta entrada ocurrió el viernes. A pesar de que sucedió eso en mi trigésimo primer cumpleaños, yo lo atribuía al cambio de planes que tanto me afecta, por lo que hasta el viernes creía que esto de pasarlo tan mal con novedades deseadas estaba ya más que superado. Sin embargo, analizándolo bien mientras escribo, también está el detalle del regalo de la entrada y el viaje, algo que deseaba y que se cumplió, por lo que entraría en esta categoría. Pero vayamos a lo que nos ocupa: ¿Qué sucedió el viernes? Algo similar a lo del portátil.

Llevaba unos meses en los que, hablando con mis amigos, había llegado a la conclusión de que sería buena idea comprarme la Nintendo Switch. Han sido meses de machaque en los que decidir el color de la videoconsola, el modelo, el videojuego con el que empezar, pedir consejos a mis amigos… Bueno, ya sabéis lo exhaustivas que podemos llegar a ser las personas autistas cuando se trata de investigar. Finalmente, como había algunas cositas que no acababa de determinar, mis amigas Ari y Mireia dieron con la solución. Una vez la tuve, dije que no iba a retrasar más la compra y el viernes me aventuré a hacerlo. La compré y, una vez en casa, la desempaqueté y configuré. Cuando empecé a jugar, noté cómo un nudo en la garganta se apoderaba de mí. No estaba disfrutando del juego. Es más: en mi cabeza, aunque la angustia no era igual de potente que la de antaño, sí que se me cruzaban ideas de arrepentimiento. Me arrepentía de haber comprado la videoconsola, no hacía más que repetirme en bucle que había sido una mala decisión.

Desde entonces, no la he tocado. No por falta de ganas, la verdad sea dicha, puesto que superé ese escollo más o menos al día siguiente. Veamos cuando la agarre por segunda vez, a ver qué emociones me transmite.

Pero este hecho fue como un golpe de realidad. Yo ya sabía que los cambios de planes me afectan de la misma manera –o incluso peor, pero esto ya lo contaré–. Sin embargo, creía firmemente que llevaba mejor el tema de las novedades porque no es que en todo este tiempo no haya tenido novedades deseadas en mi vida. He tenido muchas y muchas me han sentado genial. Saber que, aunque sea de vez en cuando, voy a tener pequeñas crisis a este respecto, me frustra mucho. Me frustra mucho, pero también me ayuda a conocerme y a aceptarme: es algo que debo asumir que no superaré del todo, incluso si puedo llevarlo prácticamente a la perfección. Siempre habrá un hecho que me hará caer. Una vez asumido eso, lo próximo será identificarlo cuando sucede y buscar estrategias para que pase pronto. Esto último ya lo vengo haciendo y, gracias a ello, el episodio de la Nintendo Switch no ha pasado a mayores: la misma noche, antes de dormir, ya pude desprenderme un poco de la angustia y empezar a sonreír.

También pienso:

Miedo me da el día que pise Argentina. El que me conoce, ya sabrá por qué lo digo.




Comentarios

  1. Último fin de semana: No se despega de viciar a la Switch, y "Marta, se enfría la cena", jaja.

    Iba a relacionar esa sensación de angustia con la misma ansiedad que podés traer los días anteriores, pero la verdad que ni idea.

    En cuanto a lo de Argentina, no sé la cantidad total de cosas que quieras hacer, pero ya sabés de antemano que hay que ir a la Elite Way School a decir frases de chetos ;D

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    Respuestas
    1. ¡Qué malo! Para que lo sepas, no jugué tanto ;P.

      No sé si entendí eso de la ansiedad de los días anteriores, hmmm...

      Jajajajajaja no nos va a resultar difícil, porque acordate que está en Belgrano y es un club privado, así que más o menos va a ser lo mismo jajajaja.

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    2. Jajaja, igual no me parece mal que descargues el vicio a full. Por lo menos es lo que yo haría.

      Perdón, no terminé de explicar bien el asunto de la ansiedad porque me arrepentí a mitad de camino ya que no tenía seguridad si se debía a eso. Iba a decir que ante un evento bueno/malo que uno sabe que se viene, a veces se entra en esa fase horrible de ansiedad y que cuando se supera termina dejando otra molestia. Puede que sea física cuando te relajas y que te haga sentir descompuesta, o más mental y que tal vez quede esa angustia.

      Sii, me acuerdo que hicimos toda la investigación del lugar. Es cuestión de atreverse xD

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