Lo reconozco: me da mucha vergüenza venir a hablar de esto. He estado estos días pensando en sí hacerlo o no, pues llevo mucho sin escribir en el blog y sé que cada vez me cuesta más, por lo que esconder esta entrada me resultará muy difícil. Pero después he pensado: « ¡Qué leches! Soy un ser humano, estas cosas le pueden pasar a cualquiera y yo obré bien. ¿Vergüenza, yo? Vergüenza el que hizo lo que hizo » . Una persona, cuando expone situaciones que vive para que otras entiendan su procesamiento y puedan ayudar a gente cercana que tal vez atraviesen circunstancias parecidas, tiene un poquito la responsabilidad de abrirse con sensatez y total sinceridad. Y momentos como el que yo viví este fin de semana son tristemente comunes en población neurodivergente. En resumidas cuentas, me estafaron. El mismo día que me pasó a mí lo que os voy a relatar, a otra amiga neurodivergente que he conocido este fin de semana le pasó algo similar; hoy me ha contado que ha estado a punto de volverle...
Hoy es uno de esos días en los que el dolor me oprime el pecho, uno de esos días en los que sientes que ser autista duele, incluso si tienes gente a tu lado que te apoya, te respeta y celebra a diario tu autismo contigo. Y es que hay días lúcidos en los que te das cuenta del famoso muro del que constantemente hablo: la metáfora de las diferencias insalvables que desembocan en una inercia neurotípica de incomprensión, a menudo inconsciente. Seguramente muchas personas autistas sabrán de lo que hablo: Tienes personas allegadas a las que les encanta que seas autista, les gusta muchísimo tu forma distinta de ver el mundo y hacen todo lo posible para que te sientas bien a su lado. Desean cuidarte, entenderte, mostrarte que no tienes por qué llevar a cabo tu encrucijada personal en solitario. Pero un día llega el malentendido. Ese malentendido que entre personas neurotípicas se resuelve rápido y sin drama incluso si es una constante, pero que, cuando se trata de ti, persona autis...