Lo reconozco: me da mucha vergüenza venir a hablar de esto. He estado estos días pensando en sí hacerlo o no, pues llevo mucho sin escribir en el blog y sé que cada vez me cuesta más, por lo que esconder esta entrada me resultará muy difícil. Pero después he pensado: «¡Qué leches! Soy un ser humano, estas cosas le pueden pasar a cualquiera y yo obré bien. ¿Vergüenza, yo? Vergüenza el que hizo lo que hizo».
Una persona, cuando expone situaciones que vive para que otras entiendan su procesamiento y puedan ayudar a gente cercana que tal vez atraviesen circunstancias parecidas, tiene un poquito la responsabilidad de abrirse con sensatez y total sinceridad. Y momentos como el que yo viví este fin de semana son tristemente comunes en población neurodivergente. En resumidas cuentas, me estafaron. El mismo día que me pasó a mí lo que os voy a relatar, a otra amiga neurodivergente que he conocido este fin de semana le pasó algo similar; hoy me ha contado que ha estado a punto de volverle a pasar. De ella lo he sabido porque es la única persona a la que me he animado a contarle lo que me pasó. Conocer sus casos es lo que me ha decidido a dar el paso, a pesar del apuro que voy a pasar haciéndolo. La anécdota de la estafa es la siguiente:
Este fin de semana he estado en Madrid, viajando ida y vuelta en AVE. Regresaba el domingo a mediodía y llegué algo temprano a Atocha: intenté entrar ya a la zona de espera, pero la revisora me dijo que debía esperar a que el margen fuera de una hora porque antes no podía picar el billete en la máquina. Aún quedaban quince minutos para que pudiera entrar. Me puse mis auriculares y me quedé cerca escuchando música para autorregularme: Atocha es una vorágine de ruido, luces y gentío, algo que a mi cuerpo neurodivergente no le sentaba bien a nivel sensorial.
De repente, se me acercó un hombre: «Perdona, ¿hablas español?». A mi respuesta afirmativa, le siguió una explicación suya pidiéndome dinero. Se le entendía a duras penas porque llevaba ortodoncia, según él tenía la boca dolorida y además tenía algo de acento canario. Entre quejidos por lo que le dolía la boca, me empezó a contar que llevaba allí desde las cuatro de la mañana intentando reunir dinero para el billete de vuelta a su casa en Canarias, que había sufrido la noche anterior un ataque de unos moros (detalle que omitió la primera vez, pero que luego, reexplicándolo, añadió por la cara con un: «yo no quiero sonar racista, pero…») y le habían robado todo, que había ido al hospital y que ahora no tenía manera de volver. Yo le dije que no tenía dinero en metálico, que es la excusa que siempre he usado para espantar a los estafadores de aquí, de Barcelona. Me empezó a avasallar con mucha convicción y sutileza para que fuera al cajero de la estación a sacar dinero. Sí, lo consiguió: le di 20€ (más el cobro por sacar dinero de una máquina genérica que no es de mi banco solamente). No sé cómo se lo montó, que dándome charla acabamos en la cola de la cafetería porque me había contado que se iba a comprar algo de desayunar porque no comía desde las cuatro. Yo le decía que gestionara esos 20€ sabiamente o no le iba a llegar para el billete y él, con todo su cuajo, me soltó que su intención era conservar ese billete entero por si pasaba algo, que si le podía pagar aparte el desayuno. En ese momento hasta me molestó su planteamiento.
Sé lo que estaréis pensando. Pero sí, se lo pagué. En total, su estafa ascendió a casi 30€. Y el hombre ahí con su «Dios te bendiga, tía», abrazos, superagradecido, con cara de desesperado y diciendo que parece que tengas que tener pintas de adicto para que te hagan algo de caso. Hasta me prometió que me devolvería el dinero por Bizum y se llevó mi número de teléfono. Cuando se marchó, se fue comiéndose el desayuno con mucho gusto. Al menos algo de verdad había en todo su relato: que estaba muerto de hambre.
Mucha gente achacaría lo que me pasó a la famosa ingenuidad autista. Yo no sé en otros casos, pero os aseguro que en el mío no era algo tan simple. Sí puedo ser ingenua a veces, pero no en estas situaciones. Aquí entran en juego diferentes mecanismos:
El primero de todos es el procesamiento lento. La estafa era evidente y me di cuenta casi desde el principio. ¿Por qué seguí adelante como si así no fuera, entonces, y me dejé engañar? Porque no estaba procesando a un ritmo adecuado todo lo que me estaba pasando. En su relato había muchísimas incoherencias:
a) ¿Cómo alguien va a tomar un AVE desde Madrid para ir a Canarias? Para ir a Canarias solo se puede en avión o en barco y bien que lo sé porque mi hermano vive allí desde hace más de veinte años. Es más, con el hombre este incluso estuve hablando de que él era de un barrio cercano a donde vive mi hermano, ¡Qué casualidad! (nótese la ironía).
b) Estuvo en el hospital, pero físicamente no tenía ninguna marca, ni llevaba encima el parte de lesiones.
c) Si te quitan todo y lo que te preocupa es que no tienes billete de AVE porque te lo han robado, en el AVE no te piden el DNI y están las máquinas de reimpresión de billetes.
d) Si tienes un problema de este calibre, normalmente vas a la policía o a la seguridad de la estación, no abordas a desconocidos y menos para pedirles dinero. Menos aún les vas a pedir que lo saquen del cajero.
Pero yo intenté encontrarles una lógica, porque uno de los procesos autistas es buscarle el sentido a todo aquello que no lo tiene, contemplar absolutamente todas las opciones posbiles: quizá ese billete que quería comprar era un cercanías al aeropuerto y yo entendí mal; quizá era de un AVE a Barcelona y tomaba allí el avión (billete que también puede reimprimir allí); a lo mejor el AVE era hasta Andalucía y en realidad él se iba en barco; tal vez no había comprado aún el billete y por eso era que no tenía dinero ni podía reimprimirlo (Pero, ¿Cómo iba a comprar algún billete, si siempre hay que comprarlos con mucha antelación o no los habrá?); tal vez las lesiones fueran en el abdomen y no eran visibles…
Yo sabía que me estaba engañando, pero en el fondo había una parte de mí que deseaba que fuera cierto para no sentirme tan estúpida por lo que me estaba viendo obligada a hacer. Mi cerebro estaba tan lento esa mañana que no me vi capaz de parar un momento a respirar y pensar que debía recular. De manera lógica veía que debía hacerlo, que debía pararle los pies… pero a mi cerebro no llegaba nunca esa orden.
El sentirse aturullado no te deja pensar con claridad. Cuando te apabullan con tanta información de golpe y encima es un extraño, a cualquier persona le afectaría, pero la persona neurodivergente se agobia con suma facilidad y se paraliza. Estoy hablando en general, pues siempre habrá alguien que no. Sentía tanta necesidad de encontrarle un sentido a lo que me acababa de pasar, que a la que se marchó y bajé la guardia, me puse a buscar en el móvil absolutamente todo: cuánto costaba un billete desde Atocha hasta Barajas, si desde Madrid se podía viajar a Canarias, etc., algo que me permitiera tener esperanza en que mi manera de obrar había valido la pena.
Cuando vi que absolutamente nada encajaba en el relato, que no había explicación plausible, fue cuando le envié un audio a Estefi y le conté lo que me había pasado. Pero fijaos cómo es la mente, que aún me negaba a aceptarlo: «Tía, creo que me han estafado». Y eso es en parte por las grandes mañas que se gastan estos estafadores, pues no todo lo que me contó era mentira: entre tanta mentira, meten alguna verdad para sonar más convincentes. Es un viejo truco que suele funcionar muy bien.
Además de eso, juegan con la invasión del espacio físico. A cualquier persona podría agobiarle que se le acercaran tanto sin respetar su espacio vital, o que les tocaran por la cara, o que les dieran un abrazo sin permiso. Pero imaginaos para una persona autista como yo, que no soporto que me toquen ni que me abracen personas aleatorias. Si ya venía saturada de dormir poco y necesitaba autorregularme por toda la sensorialidad intensa de la Estación de Atocha, sumadle el procesamiento táctil. Era un mecanismo de control perfectamente estudiado por este hombre, acostumbrado a estafar a quién sabe cuánta gente.
Y, por otro lado, está la empatía, quizá la razón más habitual entre la población general víctima de estas causas. Cuando se lo conté a Estefi y ella me contó el caso que le había estado pasando paralelamente, me dijo: «Somos demasiado buenas, tía». Y yo pensé: «Sí, tiene razón». Pero no es solamente eso. El escenario que se montan, pese a las incongruencias, es algo que perfectamente a uno le puede pasar: que le ataquen, que pierda lo que necesita, o lo que sea. Es una situación con la que fácilmente se puede empatizar. El problema es que, juntándolo con todo lo demás, no te da tiempo a pensar en que su forma de actuar no es la que tendría cualquier persona con buenas intenciones. Yo misma alguna vez he perdido un billete de cercanías o de un tren de media distancia a mitad de trayecto y he tenido que explicarle a un operador comercial de la estación de destino lo que me había pasado. Cuando tienes un problema de algún otro tipo, lo que haces es contactar con algún conocido, familiar o quien sea, incluso a un agente de policía si fuera necesario; no abordas a personas aleatorias. Pero, como digo, este hombre era un experto en lo que hacía. Una persona como yo, que ha hecho teatro, sabe reconocer a un buen actor cuando lo ve. Este, desde luego, lo era. Ojalá se ganara la vida como actor de verdad.
Después de haber pasado por esta situación, aún pasé por diferentes fases. Hablarlo con Estefi me ayudaba a calmarme: estaba nerviosa, me sentía tonta, tenía ganas de llorar de impotencia por no haber podido evitar que sucediera, a pesar de ser consciente todo el tiempo de lo que estaba pasando. Sí, la primera fase fue la culpa mezclada con la vergüenza:
Mi cabeza no era capaz de entender cómo a mis 35 años me había dejado engatusar de esa forma. Peor aún: por qué no encontré un mecanismo mental para pisar el freno, poner el límite y mandar al carajo al estafador. Por otro lado, un sentimiento de injusticia me recorría todo el cuerpo: yo iba a un viaje de ocio, sí, pero no me sobra el dinero. Para mí, 30€ es una cantidad normal, pero no como para despreciarla y perderla porque sí. Con 30€ te hago virguerías. Es tan así, que intenté justificarme, buscando por dónde había ahorrado dinero en otros momentos para convencerme a mí misma de que no pasaba nada y que hiciera cuenta de que esto y aquello me habían salido igual de precio que el año anterior. Incluso intentaba pensar que ojalá alguien me regalara algo por el mismo valor o uno aproximado, para sentir como que la pérdida de un lado se me compensaba por el otro. Era también cuestión de eso, de falta de equilibrio. Ni que fuera esto el principio del intercambio equivalente en alquimia... En fin, permitidme el chascarrillo.
Pero siguiendo con el tema, estos estafadores se piensan que les roban a pijos a los que les sobra y no sienten ningún tipo de remordimiento por ello. Y seguro que mi cara de jovencita tampoco ayudó lo más mínimo, cosa que acrecentaba mi sentimiento de rabia por los actos de aquel hombre y por sentirme blanco fácil debido a esto. Pensaba que este año había podido salirme un poquito más barata la Edujornada, pero acabó saliéndome igual de precio por culpa de esa estafa. Esto se me mezclaba con la sensación de que siempre habrá alguien que por mi aspecto físico jamás me tomará en serio, cuestión que me ha perseguido casi toda la vida.
El único consuelo que encontraba es que la performance de aquel hombre había sido perfecta: en Barcelona hay muchísimos estafadores, pero los métodos son muchísimo más directos, se les ve venir de muy lejos, casi nunca logran engañar y, si lo consiguen, generalmente no es con esas cantidades elevadas. A mí en mi tierra nunca me han estafado, aunque lo hayan intentado varias veces. Trato de consolarme pensando que, como en este caso la actuación era tan elaborada y estaba tan milimétricamente estudiada, era normal haber caído porque me agarró desprevenida y era novata en una situación así. Otra cuestión autista: la de no generalizar, la de necesitar vivir situaciones concretas, aunque sean similares, para entender cómo actuar en cada caso. La estafa que vivió Estefi es tan típica en Barcelona, que yo misma le conté que en esa en particular jamás habría caído por lo mismo. Así que me parece un detalle muy revelador. Os aseguro que lo que me ha sucedido, no me volverá a pasar. Y si alguien se me acerca el año que viene, se le va a caer el pelo.
El bucle sigue presente, de vez en cuando me asalta el recuerdo y me enfado. Ya no es un bucle de ansiedad, no es un bucle que me lleva las emociones al límite como me sucedió anteayer. Sin embargo, ahora sigo indignada conmigo misma, por no haber sabido reaccionar, por no haber podido pensar con rapidez y haber fingido que no entendía el idioma, cosa que sí he hecho en otras ocasiones por supervivencia. Pienso que me he pasado toda mi vida en modo hipervigilancia, que nunca me he fiado ni de mi sombra, que he crecido en contextos muy chungos, con gente muy malcarada, muy sinvergüenza y muy pilla. Y, aun así, no pude evitarlo. A pesar de mis experiencias y mi sabiduría de calle, a pesar de mi edad, a pesar de lo mucho que mi jefa me repite y me insiste en que tengo una intuición magistral para captar y leer a los demás y que veo venir de lejos a todo el mundo porque entiendo al instante de qué pie cojea cada uno. Me da por pensar: «Si supiera lo que me ha pasado, seguro que cambiaría de opinión». Y es un poco triste, la verdad, porque al final todo lo que aprendes a lo largo de tu vida te sirve casi todo el tiempo, pero siempre metes la pata en algún lado.
Pero, en fin. Como mínimo, puedo decir que ahora ya soy capaz de tomármelo con un poquito más de humor y reírme un poco de ello. Es mejor eso que pensar en que un estupendo fin de semana de Edujornada acabó siendo una experiencia agridulce.

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